Nunca en mi vida había visto tantos millones de estrellas de una tacada. Imgina la situación: Una playa perdida al pie de las escarpaduras del Rif oriental en la costa occidental de este saliente de tierra africana en el que nos encontramos, noche cerrada sin atisbos de que fuese a aparecer la luna al menos hasta bien pasadas las horas, un cielo impoluto de nubes... Y nosotros ahí abajo, disfrutando de la situación, liberados de los problemas y preocupaciones del día a día, con toda una jornada aún por delante para volver a la realidad melillita, por un lado, y benienzarense por la otra.
Todo comenzó después de que, tras una maratoniana jornada de trabajo, tuviéramos que pasar Dani y yo la frontera de forma algo particular cuando constatamos que el colega que se había comprometido a pasarle el coche nos había dejado tirados. A partir de ahí, recoger a Kamel, Mimon y Mustapha -que nos llevó hasta Farkhana- y hacer que las horas dejaran de tener sentido. De camino a Charrani, el haber recogido a un hombre -que resultó ser uno de los 'guardas' de la calita- nos permitió contar con dos tiendas de campaña perfectamente dotadas y evitar tener que montar la nuestra en plena noche. Así que la cena se hizo en la zona de acampada, y la siesta -porque con lo poco que duró, desde la salida de la luna hasta el amanecer, no puede considerarse sueño- a apenas cinco o seis metros de donde morían las olas entre la arena.
Nadar en la zona de las rocas en plena madrugada, abriendo aún más el apetito antes de cenar, rodeados de miles de microorganismos iridiscentes que competían en la superficie con las estrellas del cielo, fue una sensación irrepetible. Sólo un pero: las secuelas físicas que me dejó haberme liado a patadas y pisotones con todos los erizos de mar de la zona y mi dificultad para salir del agua entre las rocas y las olas sin una visibilidad muy cierta. Vamos, que ayer por la mañana acuñé una nueva expresión para definirlo: "Me he llevado golpes hasta en el pingüino chico de la pierna".
El despertar, como digo, fue temprano. Apenas asomó el sol por encima de las montañas, levantamos la cabeza, vimos las olas batiendo un poco más allá del horizonte de nuestros propios pies y hala, a las rocas otra vez. Nota particular: saltar desde unos seis metros de altura y golpear contra el agua con todo mi volumen empujando por detrás del primer punto de impacto, entraña cierto picor de cabeza. Y eso que, debido al estado de mis piernas, no podía permitirme el lujo de coger carrerilla.
Así comenzó el domingo. Y así podía haber seguido si no hubiese sido porque a mediodía (o ya por la tarde, vete tú a saber), marchamos a una zona más cercana a Tres Forcas pero en la costa oriental, donde sabíamos que estaban el resto (Belén, Sonia, Andrés, Domingo y Caque). De entrada no los encontramos, así que Kamel se puso a hacer la comida (es el Arguiñano rifeño) y precisamente cuando estábamos acabando, dispuestos a sistecita y baño final, nos encontraron ellos a nosotros. Pues nada, oye, a recoger y en vez de baño, tomar un te en Nador y hacer alguna comprilla antes de comprobar si al final los manifestantes habían cumplido su amenaza de chafar la vuelta del finde de todos los domingueros melillenses. Afortunadamente no fue así y pudimos entrar de nuevo en suelo patrio sin más novedad que un cansancio acumulado que sigue haciendo mella hoy lunes.